- Se cumplen 50 años de la muerte de Franco y del inicio del gran cambio
- La desaparición del dictador supuso la restauración de la monarquía y el inicio de la transición
- Informe Semanal
"Fíjate lo que son las cosas, yo todo lo recuerdo en blanco y negro…". Pedro Piqueras, que en aquel 1975 estaba estudiando Periodismo en Madrid y ya escribía para el diario Pueblo, recuerda —parece que hay que hacerlo continuamente— que "no era tiempo de libertades". Y él, que ya se dedicaba “a cantar un poquito”, pone como ejemplo que aún “había que pasar las letras por la censura”.
Televisión Española, entonces la TV única, ya estaba emitiendo algunos de sus programas a todo color, aunque aún eran pocos los españoles que podían verlo en el televisor de casa. Muchos, así, se perdían el brillo que Valerio Lazarov imprimía en sus programas y que —es un hecho— todavía estaba lejos de la descolorida realidad que albergaba el régimen franquista.
Bien es cierto que, en la televisión pública, espacios como Informe Semanal ya se atrevían desde hacía tiempo a tocar asuntos espinosos y no dudaban en darle voz a la ciudadanía. En un país que crecía en crisis, el programa 35 millones de españoles se hace eco de las quejas de los ciudadanos. José Antonio Plaza, su presentador, lee la carta de doña Isabel Porras, “que lleva gastadas 14.000 pesetas en una lavadora que le costó 26.000 y que ha sido revisada diez veces por los técnicos”.
Alfredo Amestoy, el otro presentador, le pregunta en esos principios de año al abogado Antonio García-Pablos por qué ha dimitido al frente del Consejo de Consumidores. Él le contesta que tiene las manos atadas: “Hemos pedido que los productores o tenedores del aceite reconsideraran los precios que pusieron y, lejos de hacernos caso, lo han subido 10 o 15 pesetitas, que escuecen a las amas de casa… y la gente me habla de las tarifas de los servicios y de los arrendamientos y de la vivienda, que sobran viviendas caras y faltan viviendas baratas y que está muy cara la alimentación y que esto no se puede aguantar”. García-Pablos creará poco después, de su propio bolsillo, la OCU.
El programa, que ese año recibe el Premio Ondas, también charla con otro abogado, Josep Meliá, que —antes de dedicarse a la política— llega a ser miembro de la comisión redactora de la Ley del Suelo del 75. Defiende que “aquellos que tienen más deben estar dispuestos a pagar el precio del progreso social”. Un mensaje que se sigue repitiendo medio siglo después.
El movimiento estudiantil y la lucha por la democracia
Informe Semanal viaja aquel año a Las Hurdes, que continúan viviendo una realidad vergonzosa. Isabel le cuenta a la reportera que, cuando era niña, “no había carreteras y, al no haberlas, no había maestros. Solo había alcalde, sacerdote y el juez. Y recuerdo que moría una cantidad de niños grandísima del paludismo”. El problema del agua sigue sin resolverse, no tienen fuentes públicas “y los vecinos han de llenar sus cántaros en los manantiales de lecho de pizarra”. Otro lugareño explica en pocas palabras cómo se gana la vida: “aquí, ¡bien mal! ¡Pero bien mal! Trabajando mucho y tuviendo bien poco”.
En otra escala de grises en la España de 1975, la Policía Armada franquista combate en la calle al movimiento estudiantil, que exige democracia dentro y fuera de las aulas. La verdadera lucha por la democracia —que ya se venía colando por las rendijas del régimen— está en la calle y la mayor oposición procede de los campus universitarios, pero también del mundo de la Cultura y, por supuesto, de los grupos sindicales que aún trabajan en la clandestinidad. La ruptura, en ese ámbito, se produce en junio al poder celebrarse las primeras elecciones sindicales.
La abogada Cristina Almeida, hoy a sus 81 años, recuerda perfectamente que “había más huelgas que nunca. Y nosotros, que éramos laboralistas, trabajábamos para los sindicatos ilegales. Comisiones no existía, pero se metieron y se presentaron por el sindicato vertical, donde ya estaban infiltrados en cantidad de empresas”.
Agustín Moreno, que con 23 años ya había sido juzgado y condenado en rebeldía por su activismo dentro de la resistencia antifranquista, aclara: “Lo primero que hay que decir es que el sindicato vertical que había en la dictadura era un sindicato que no defendía a los trabajadores… Era un tinglado corporativo de tipo fascista mussoliniano que juntaba a empresarios y a obreros. Y Comisiones Obreras tuvo un gran éxito en las elecciones, aunque sufrió una gran represión. Habíamos presentado candidaturas unitarias democráticas que arrollaron”.
El terrorismo golpea con fuerza
El terrorismo golpea con fuerza. Solo en 1975, ETA asesina a 17 personas. Los GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre) también empiezan a matar. El Gobierno de Carlos Arias Navarro decreta el estado de excepción durante tres meses en Gipuzkoa y Bizkaia y aprueba un decreto que declara “fuera de la ley a los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas que preconicen y empleen la violencia como instrumento de acción política o social”.
Informe Semanal entrevista, al respecto de la nueva norma, a ciudadanos de todo el país. Uno de ellos, al micrófono, dice: “yo soy un trabajador, que trabajo mucho y ando mucho por la calle y hay veces que me encuentro en unas situaciones que hay mucho bullicio y, así, pagando impuestos, pues yo veo muy bien lo del decreto. Y a ver si se acaba esto ya de una vez”.
La salud del dictador se agrava pasado el verano del 75 y, en todo ese contexto, el régimen no quiere mostrar debilidad. Fusila, el 27 de septiembre, a cinco personas: a los dos miembros de ETA acusados de haber asesinado, en Barcelona, a un policía nacional y a tres miembros del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). “Fueron unos procesos con falta de garantías, totalmente irregulares”, subraya Agustín Moreno, “nosotros, en la obra, estábamos trabajando en al pabellón de Oncología del Hospital 1º de Octubre e hicimos huelga aquel día”. Para Almeida, “aquello fue el intento de dar para atrás en el proceso democrático, de meter miedo, de decir “aquí estoy”. Y eso fue un golpe, un duro golpe, pero que hizo que el régimen que había nacido matando, murió matando”.
“Españoles, ¡Franco ha muerto!”
Franco da su último discurso en la Plaza de Oriente tan solo días después, el primer día de octubre. Muy pocas veces se le volverá a ver. Solo en contadas ocasiones. Un infarto, a mediados de mes, agrava su deterioro físico y, el día 25, se le administra la extremaunción. La llamada “Operación Lucero” —diseñada para evitar el caos tras el atentado contra Carrero Blanco en el 73— ya se ha puesto en marcha, a pesar de que los más leales dentro del franquismo, como Arias Navarro, no tienen muy claro que todo esté “atado y bien atado” como había dicho el propio dictador en su discurso de Navidad de 1969. El príncipe Juan Carlos acaba asumiendo la Jefatura del Estado de forma interina y ya no hay marcha atrás.
A principios de noviembre, el dictador ingresa en el hospital madrileño de La Paz, que a partir de entonces acaparará toda la atención. Los acontecimientos se precipitan cuando quienes mueven los hilos —y, también, los cables— comprueban que ya no se puede dopar más al régimen. “Españoles, ¡Franco ha muerto!”, anuncia en TVE el presidente del Gobierno a las 10 de la mañana del 20 de noviembre.
Ahora, en unos días, se cumplen ya 50 años de la restauración de la monarquía en la figura de Juan Carlos I, “el heredero” proclamado por las Cortes franquistas y que, medio siglo después, reivindica su papel en Reconciliación, la autobiografía que acaba de salir en Francia.
Los recién proclamados reyes de España presidirán el funeral del domingo 23 de noviembre de 1975, en unas imágenes que actualmente podemos ver a todo color, lejos de los blancos, negros y grises a los que estábamos acostumbrados.
"La dictadura murió en la calle"
"Vamos a ver, no había conciencia de lo que era la libertad. Cuando nunca la has probado, esa conciencia no existe. Pero ya había, ya se veía un cambio… por lo menos, mental", apunta Piqueras echando la vista atrás. “Había una gran contradicción entre la evolución de la sociedad civil y la estructura rígida, dictatorial y política que existía en el país. Era algo que no casaba.
La muerte de Franco tampoco era una noticia para celebrar demasiado”, añade Moreno, “te alegraba, pero para celebrar que un dictador muera libre y en la cama, tan sanguinario como fue, pues no era como para tirar cohetes. Si Franco murió en la cama, la dictadura murió en la calle”. Almeida coincide palabra por palabra: “la democracia no se inició porque Franco murió. Murió y se quitó un obstáculo. Yo creo que, a partir de entonces, España dejó de estar en blanco y negro y se puso de color”.
Aún quedaba mucho para que cambiara la apariencia del sistema, pero la diversidad cromática de la democracia ya había comenzado a restaurarse entre los españoles y 1976 sería crucial en el proceso de transición.
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